I
―¿No hay nadie?
―Estamos tú, yo y lo que hagamos.
II
Me atraparon. Más que ojos parecían dos pasadizos,
que sin duda conducían a algún lugar lejano y desconocido; dos válvulas de
escape de la realidad; dos túneles oscuros que absorbían todo cuanto cruzaba en
su camino, como mi mirada, o mi aliento.
―[No la
veas, no la veas; puedes quedar petrificado.]
―Hola.
―Hola.
III
Dos
túneles sin fondo, un paisaje nocturno invertido –lunas negras cielos blancos– que
absorbía y dominaba su entorno, el tiempo, mi aliento, mi voluntad…
Cerró la
puerta de su cuarto con el pie a mis espaldas y todo quedó en penumbras.
Intenté sujetarme de un mueble y sólo hallé sus manos, sus piernas y su cabello.
No veía absolutamente nada. Era como si hubiera cerrado mis ojos y ella quedara
dentro.
Al
principio no sabía qué decir, luego intenté pedirle que encendiera la luz, pero
al instante me besaba; y si sus labios estaban ocupados en otra parte de mi
persona, simplemente metía sus dedos en mi boca. Lo que le importaba era mi
cuerpo y mi silencio... mi lengua le
interesaba, pero no mis palabras. Desistí y el silencio salió a flote; todo
estaba oscuro y sólo se oía nuestra respiración y el roce de nuestros cuerpos, mi
playera y su blusa al caer al piso, el sonido de los labios al culminar un beso,
los pasos rápidos y el impacto de mi espalda en la pared. Fue como sumergirnos despacio
en un océano tibio, ingrávidos, sin tiempo, sin luz ni sombras, sin sol, sin
saber adónde íbamos...
―Aquí, a
la cama –exclamó, en un volumen tan bajo que creí innecesario.
Me guio
hasta el colchón y se acostó debajo de mí. Una de mis manos quedó enlazada con
la suya entre su nuca y su almohada, mientras dirigía la otra a su sexo. La
masajeé por dentro; dobló sus piernas y apretó mi cadera con sus muslos; luego soltó
algunos suspiros en mi boca seguidos por una risa sollozada.
―¿Vives
sola? –pregunté. El foco se encendió y mientras me acostumbraba a la luz, vi
una mano robusta que me jalaba por el hombro, trayendo las peores noticias:
―No.