domingo, 5 de abril de 2015

Gemas de Medusa




I
―¿No hay nadie?
―Estamos tú, yo y lo que hagamos.

II
Me atraparon. Más que ojos parecían dos pasadizos, que sin duda conducían a algún lugar lejano y desconocido; dos válvulas de escape de la realidad; dos túneles oscuros que absorbían todo cuanto cruzaba en su camino, como mi mirada, o mi aliento.
     ―[No la veas, no la veas; puedes quedar petrificado.]
     ―Hola.
     ―Hola.

III
     Dos túneles sin fondo, un paisaje nocturno invertido –lunas negras cielos blancos– que absorbía y dominaba su entorno, el tiempo, mi aliento, mi voluntad…
     Cerró la puerta de su cuarto con el pie a mis espaldas y todo quedó en penumbras. Intenté sujetarme de un mueble y sólo hallé sus manos, sus piernas y su cabello. No veía absolutamente nada. Era como si hubiera cerrado mis ojos y ella quedara dentro.
     Al principio no sabía qué decir, luego intenté pedirle que encendiera la luz, pero al instante me besaba; y si sus labios estaban ocupados en otra parte de mi persona, simplemente metía sus dedos en mi boca. Lo que le importaba era mi cuerpo y mi silencio...  mi lengua le interesaba, pero no mis palabras. Desistí y el silencio salió a flote; todo estaba oscuro y sólo se oía nuestra respiración y el roce de nuestros cuerpos, mi playera y su blusa al caer al piso, el sonido de los labios al culminar un beso, los pasos rápidos y el impacto de mi espalda en la pared. Fue como sumergirnos despacio en un océano tibio, ingrávidos, sin tiempo, sin luz ni sombras, sin sol, sin saber adónde íbamos...
     ―Aquí, a la cama –exclamó, en un volumen tan bajo que creí innecesario.
     Me guio hasta el colchón y se acostó debajo de mí. Una de mis manos quedó enlazada con la suya entre su nuca y su almohada, mientras dirigía la otra a su sexo. La masajeé por dentro; dobló sus piernas y apretó mi cadera con sus muslos; luego soltó algunos suspiros en mi boca seguidos por una risa sollozada.
     ―¿Vives sola? –pregunté. El foco se encendió y mientras me acostumbraba a la luz, vi una mano robusta que me jalaba por el hombro, trayendo las peores noticias:
     ―No.