lunes, 20 de octubre de 2014

Prejueces



Para esos tipos que están hasta arriba
                              en un púlpito
basta un ligero empujón:
Quítate.
           Y fuera abajo.
Quietos, ya
                 [por ahora];
y en silencio,
                   [por ahora],
como árbol que cae
                   allá donde no hay nadie,
        donde nadie escucha
lo que nadie dice;
     donde nadie corre
        para que el mundo gire;
                                      y las hormigas
                        obreras
se comen entre sí
             porque   nadie   les   dice   que   no;
donde nadie dice no
porque nadie pregunta,
y nadie pregunta
porque aquellos que tenían
           palabras para hablar,
                    ya se murieron
[Pero antes de morirse, los mataron. Hay que aclararlo]

Quitarles el púlpito
y decirles que no,
 que no
             y que no,
y tomar el púlpito por los cuernos    
y mirarlo a los ojos
y extirparle los ojos
                         con nuestra mirada,
y morderlo con bisturís
y chuparle el veneno
y escupirlo en el rostro
de aquellos que estaban parados en él,
y darles con el púlpito
en la cabeza y en la boca,
                                      [esto es opcional]
en las rodillas
y en los tobillos
                       [esto es necesario]:
que no encuentren modo
de subir de nuevo.

lunes, 13 de octubre de 2014

Un relato



El poeta sale de su casa con libreta y bolígrafo en mano. Echa una mirada a su alrededor y respira profundamente mientras observa su entorno: un pez revuelve el agua del pequeño estanque que descansa al frente. El poeta lo describe en su libreta, y al momento, el pez muere.
     Sorprendido, el poeta mira hacia otro lado y su mirada cruza con la de una ardilla que descansa en un árbol. El poeta comienza a escribir lo que pasa: escribe que la ardilla se le acerca, olfateándolo y levantando la cola. De pronto, la ardilla cae del árbol y golpea el suelo, ya muerta.
     El poeta lo escribe: escribe que la ardilla cayó del árbol, del viejo árbol que lleva ahí plantado más de diez años. El árbol se seca, se parte en tres y colapsa, totalmente muerto.
     El poeta no entiende.
     Avanza dos pasos y mira la sombra de las nubes. Alza la mirada y las escribe. Al instante comienza a llover agua muerta. El poeta escribe el agua muerta, escribe que el agua esto y que la muerte aquello, “…y la muerte…”, escribe, y la muerte se muere.
     El poeta sigue sin entender.
     El poeta escucha que alguien abre la puerta de su casa. “La puer…” escribe. Es su esposa quien sale.
     El poeta tira su libreta al suelo, y se acerca a besar a su mujer.