miércoles, 31 de diciembre de 2014

Ojos (o infinitadores)



Ojos: parte del rostro que causa placer al ver o al ser vistos. La segunda más que la primera, pues espejo frente espejo, es infinito cristalizado. Y, considerando que los ojos ven a los ojos, el placer se consuma al tiempo que se consume:
                                   el ciclo del agua
                                      fuentes-miradas comunicantes;
                                                                         decantación mutua del ser.
     He visto muchos ojos a corta distancia, mas no me he sentido tan cerca de unos como de aquellos que me observan con el mismo interés; casi decir con la misma mirada. Aunque eso es imposible, pues se sabe que en la mirada confluyen diversos aspectos de nuestro ser; y dos personas no pueden ser lo mismo. Sin embargo, pueden hacerse uno al mirarse; petrificarse en el viento, coagularse debajo de la cascada de La Nada y disolverse poco a poco hasta dejar de ser ellos y solamente ser su imagen diluida en la pupila del espejo que los mira.
     Desde afuera, sólo son dos personas mirándose, sentadas, quizá, en una plaza hecha de mil piedras que yacen frías, donde gatos, perros y niños corren y ríen; donde un nevero ocasiona besos fríos; un billete hace las paces entre dos conocidos; un par de músicos cantan al amor; la luna domina la noche mientras debajo llueven pasos anónimos y todo es un impetuoso raudal de manifestaciones de vida… pero desde adentro, desde aquellos que se miran, sólo son ellos y nada más. Son ese encuentro que se da entre dos espejos juntos, casi adheridos por su lado reflejante; esa rendija que abre paso al infinito de la intimidad que sólo es posible observar desde el interior.
     En cambio, mirar a una persona con los ojos de un reo cuya prisión se encuentra en la orilla de un acantilado, es mirar el mundo sin poder tocarlo y saber que éste apenas le regresa la mirada con ligera compasión, porque sabe que: uno: no puede liberarlo, ya que él mismo se ha enclaustrado; o dos: no sabe que es un preso.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Cadáveres en construcción



Para la situación tan carminamente oscura de hoy,
no podemos dejar de buscar
debajo de la tierra,
entre las piedras y las cenizas:
meter la mano en el lodo
y sacar lo evidente:
el pasado está hecho de huesos,
y nos toca sacarlos, reacomodarlos;
tentarle el corazón a los esqueletos
para ver si siguen vivos;
preguntarles su nombre
y pedirles que nos digan
qué es ese enorme
esqueleto rojo que brilla
en el mar oscuro del cielo,
por qué nos usa para jugar al jenga,
por qué nos apila
uno sobre el otro,
adentro de una casa chiquita
mientras estamos con vida.

¿Acaso quiere acostumbrarnos a la muerte?

Preguntarles también,
[suponiendo que han tenido
tiempo para pensarlo,
o quizá ya lo averiguaron
estando en el núcleo del mundo],
si es que somos un edificio
cuyo arquitecto
sólo edifica con cuerpos,
porque al parecer
piensa
que los cimientos
de esta construcción
que solamente él conoce
quedarán más resistentes
si los refuerza con calcio.

¿O es que quiere convencernos
de una vez por todas
que estamos condenados
desde que nacemos;
que simplemente somos
muertes en espera,
una obra negra,
una casa podrida,
quemada,
árbol hecho de carbón,
diamante quebrado,
pozo sin fondo,
cucaracha que busca refugio
en el zapato que la aplasta,
un cerillo que se enciende a sí mismo
para iluminar la noche,
y muere;
una abeja que ataca a su enemigo
para salvar su vida,
y muere:
una serpiente que
se devora a sí misma
para saciar su hambre,
y muere;
un planeta
que para salvarse,
lucha contra sí mismo

y muere.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Tres noches de un noviembre negro



Noche 1
Me despertaron los pasos de dios. Sí. Él fue. Llegó representando a mi diosa. Escuché que corría en torno a mi camastro. Abrí los ojos y vi que huía de diablo. Dios es el deseo y diablo es la moral. ¿Cómo más sino así? El deseo me extrajo del sueño a la oscuridad de mi cuarto impregnado en la noche y me encontré observado por los enormes ojos de diablo que se detuvo a mirar un instante, para seguir persiguiendo a dios, junto al dios de todos aquellos que desestabilizan la moral.

Noche 2
Otra vez me despertaron los pasos de dios. Una vez más corría delante del rojo, pero esta vez no fueron deseo y moral. Se transfiguraron. Hoy fueron infierno y paraíso corriendo uno detrás del otro. Y brillaban mucho. Primero pasó el infierno vestido de blanco, manchado de sangre pidiendo paz;  detrás, el paraíso montado en un púlpito dorado con destellos universales, sujetando un arma de fuego y una lanza con la que lastimaba al infierno en las costillas.
     Me puse a pensar: debe ser… debe ser que estamos viviendo en el infierno. Sí, eso. Y en el paraíso están aquellos gobernantes, viviendo la vida a los mil lujos. Carajo. Pobre infierno-dios; pobres de nosotros, contentos por ver aquí a dios aunque nos estén matando.
     Después llegó la dialéctica: “So, so you think you can tell heaven from hell…?”*
     Y, pues…  ¿qué es el infierno y qué es el paraíso? Para la araña, el infierno de la mosca atrapada en sus hilos, es el paraíso de cada día.

Fe de erratas.
Donde dice la araña, léase el gobierno;
Donde dice la mosca, léase el pueblo;
Donde dice hilos, léase lo que usted guste: cárceles, fosas, celdas, televisiones, hilos de titiritero, etc.

Noche 3
Dios dio sus últimos pasos en mi alcoba. Se fue. Lo vi tirado al lado de mi cama sometido ante el mal de diablo. Sabía que esto pasaría, aseguró dios; no por una simple corazonada o por su sentido de la lógica, sino porque es dios.
     Diablo dijo: tú y yo sabemos que la historia se repetirá por los siglos de los siglos. Amén.

*¿Así que crees que puedes distinguir entre el cielo y el infierno...?

lunes, 20 de octubre de 2014

Prejueces



Para esos tipos que están hasta arriba
                              en un púlpito
basta un ligero empujón:
Quítate.
           Y fuera abajo.
Quietos, ya
                 [por ahora];
y en silencio,
                   [por ahora],
como árbol que cae
                   allá donde no hay nadie,
        donde nadie escucha
lo que nadie dice;
     donde nadie corre
        para que el mundo gire;
                                      y las hormigas
                        obreras
se comen entre sí
             porque   nadie   les   dice   que   no;
donde nadie dice no
porque nadie pregunta,
y nadie pregunta
porque aquellos que tenían
           palabras para hablar,
                    ya se murieron
[Pero antes de morirse, los mataron. Hay que aclararlo]

Quitarles el púlpito
y decirles que no,
 que no
             y que no,
y tomar el púlpito por los cuernos    
y mirarlo a los ojos
y extirparle los ojos
                         con nuestra mirada,
y morderlo con bisturís
y chuparle el veneno
y escupirlo en el rostro
de aquellos que estaban parados en él,
y darles con el púlpito
en la cabeza y en la boca,
                                      [esto es opcional]
en las rodillas
y en los tobillos
                       [esto es necesario]:
que no encuentren modo
de subir de nuevo.