Hágase la luz
y vio que era
bueno.
Hágase la tierra y el fuego;
el aire, el agua,
la vida.
Y vio que era
bueno.
Háganse las camas
con parejas.
También las lunas de miel
y los besos que enardecen
la piel que multiplica.
Háganse entre
ustedes,
en la cama o en el piso,
en la playa,
en la selva,
o en la estepa,
con remolinos de lluvia,
de hierba y flores;
con música de viento:
suspiros, sollozos,
gemidos;
con la respiración
que danza a vuelapluma
en el silencio.
Y vio que era
bueno
Hágase el alimento…
Pero antes háganse las vacas y el pasto
y el trigo
y el pan
que no
siempre llega cada día
Hágase la música,
el papel, la pintura,
el lenguaje, la palabra;
las piedras en forma de humano,
los pianos, las guitarras,
el violín, el cine;
los libros, el vino, la cebada;
las medias negras, las barbas,
la seda, las velas,
columpios
pelotas, bicicletas,
lupas, casas,
té
y café.
Y vio que era
bueno.
Muy bueno.
Todo había quedado hecho:
prostitutas, gigolós,
homosexuales, lesbianas,
asexuales;
hombres y mujeres
en su mayoría
a su imagen y semejanza;
comida,
aunque mal repartida
y animales domésticos
sin
hogar,
pero con buen pelaje
piedras y metales
para hacer herramientas
y alguna que otra arma.
Todo había quedado
hecho.
Varias cosas violentas o dañinas
pero suyas,
otras enigmáticas
o escondidas
pero hechas.
Contemplaba en calma su creación
y en el reflejo del mar
vio que su rostro,
víctima de una pelea
entre seres
que ignoraban mucho
uno del otro,
se rompía quedando
fragmentado como espejo
en mil pedazos,
que se tornaron negros
al tocar el suelo tiznado:
un pedazo quedaba aquí,
otro volaba allá
y un tercero se ahogaba
en lo profundo del fango.
Y vio que no era
bueno.
Más tarde vio
que los de aquí se rajaban las venas
usando el fragmento
de su rostro de vidrio
con el pretexto de sentirlo
en la tibieza de su sangre,
y los de allá lo usaban como defensa
de los que
quizá
eran malhechores;
y entre los
blancos bosques
de esqueletos
y sobre las negras
dunas
de sangre seca
pudo ver que no era bueno
Para
nada bueno
Siguió viendo
y se quedó sentado mirando
cómo el mundo se quedaba
sentado mirando
Y dijo:
¡Qué barbaridad
por dios!
¡Quítenle ese látigo
y suelten ese libro!
¡Sáquenle los clavos!
¡No les corten la cabeza!
Ustedes,
con sus monolitos
inmensos que lanzan
al cuerpo de los pecadores
¿no piensan acaso parar?
Bastante sangre de su mismo
cuerpo han derramado
por su propia cuenta;
bastante mal se han hecho
buscando
la frescura
que da la sombra
de las iglesias.
Tú:
Levántate…
¡Levántate!
Por supuesto: levántate y anda
No vayas de rodillas.
Te lastimas.
Me lastimas
¡Dejen de cortar la madera!
¡Dejen de clavar la madera la carne!
¡Dejen de golpear la madera la carne los
huesos!
¡Dejen de clavar su propia cruz!