Casi estaba muerto cuando se murió. La vida se le estaba yendo por los agujeros que las balas dejaron a su paso; podrían ser sólo 3 marcas, pero tuvieron que ser 6; Tanto era el ímpetu de los proyectiles, que atravesaron su delgado cuerpo. "Todo apunta a que se lo merecía" dijo Orlando, que había tirado el primer balazo. Javier, dueño de la segunda bala, sólo se limitó a mirar. "Pobre cerdo" pensó Rosalba, que había tirado la tercera y última bala. Eran hermanos mercenarios. No conocían bien a su objetivo, sólo que había sido un mal padre. Y ellos, como eran huérfanos, conocían la falta que debían sentir los hijos del cadáver. Obedecieron con un poco de entusiasmo. "Quiero que vayan los 3. Un balazo cada quién" dijo su cliente. El trío de mercenarios no conocía las razones del mandato. Pero notaron algo de rabia en el rostro del que había encomendado la tarea, y como era su trabajo, lo hicieron sin rechistar, aunque pensando en porqué debían ir los 3. Después de recibir indicaciones y algunos consejos del cliente, salieron a realizar su atroz tarea.
Un callejón oscuro, con olores que parecían violar las fosas nasales.
"Pasará por ahí aproximadamente a las 11:30 pm. Yo me encargaré de eso" había dicho el cliente.
Los mercenarios en posición: Rosalba y Javier escondidos detrás de una caja de un refrigerador; Orlando a la vista, con su arma escondida en una bolsa de papel, simulando que comía algo.
El objetivo se acercaba: Un tipo alto y delgado. Desaliñado. De cuerpo débil. "Va a ser algo fácil" pensó Rosalba.
El objetivo estaba más cerca.
Orlando se acercó, y sin dudar apuntó y rápidamente jaló el gatillo. La bala atravesó el pecho del desconcertado hombre, que fue a quedar recargado en un gran bote de basura. ''Todo apunta a que se lo merecía'' dijo Orlando. Se escuchó el estruendo del segundo balazo; lo había tirado Javier al momento en que se acercaba al individuo. Rosalba se acercó para finalizar la tarea. Miró al hombre; estaba recargado en el bote de basura respirando agitadamente y mirando con los ojos muy abiertos a sus agresores. Goteaba sangre y saliva de su boca. Rosalba lo miró con asco, cargó su arma y disparó la última bala de la noche.
Un momento de silencio.
Otro más que nos cargamos -dijo Javier.
Bueno. Vámonos porque a lo mejor alguien escucho los balazos y puede venir a ver qué pasó -agregó Orlando.
No, espera, -sentenció Rosalba apresurada- éste me da curiosidad. ¿No quieren saber a quién acabamos de matar?
Javier miró a Orlando en espera de una reacción. Pero como no decía nada, se acercó al cadáver a husmear en su ropa. Encontró un sobre amarillo. Nuevo. Lo apartó y busco la cartera del difunto. La primera credencial que vio era una vieja licencia de manejo. Borrosa. Apenas se veía la foto. El nombre no se distinguía. Siguió buscando y encontró una credencial de un programa para personas de bajos recursos.
-¿Qué dice? -pregunto Rosalba. Pero al ver que Javier no respondía, se agachó a quitarle la credencial.
-Este ruco tiene nuestro apellido paterno -agregó desconcertada.
-Déjame ver-Exclamó Orlando-.
-¿Como se llamaba nuestro padre?-preguntó Javier.
-No sé -respondió Rosalba-. Tú, Orlando, que viviste tus 3 primeros años con él, ¿te acuerdas?
-No -Respondió serio.
-Pues ha de ser coincidencia nada más -agregó Javier.
-Ha de ser -Exclamó Rosalba-. Pero fíjate qué más trae en bolsas.
-Es todo: la cartera con sólo 50 pesos que ahora son míos, ese sobre amarillo... Ah y estas llaves que...
-A ver, déjame ver el sobre -interrumpió Orlando-. Lo abrió y encontró una carta. Miró a sus hermanos y comenzó a leerla, primero para él mismo y después en voz alta.
Soy su cliente más reciente. Si están leyendo esto, es porque hicieron bien su trabajo. Felicidades. Qué bueno... y qué malo. Gracias por matar a mi hermano. Perdonen si no se los dije antes pero no lo creí necesario. Me daba asco el tipo. Irresponsable y bueno para nada. Se lo merecía. Y ustedes, aunque no tuvieron padre, agradezcan que ahora tienen un tío que los cuidará. Así es, soy su tío y él era su padre. No se sorprendan ni se molesten. Recuerden que ustedes fueron quienes lo mataron. Y nadie se salva ¿verdad? Me imagino que obedecieron eso de una bala cada quién. ¡Ja, ja! Bueno. Estoy esperándolos en su casa. Ahora trabajarán para mí o se los lleva la chingada por matones.
Confusión, tristeza, sorpresa, rabia, es lo que sintieron los hermanos. Pero ¿Qué quedaba? ¿Matar por su libertad?
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