―Bien. ¿Por dónde le gustaría comenzar?
―Por el principio, ¿por dónde más?... ¡Pero qué!
¿Por qué no te ríes, cabrón? ¡Fue un chiste!
―Disculpe, yo no…
―Tú también piensas que los asesinos en serie somos
malhumorados, ¿verdad?
―No es eso. Es que no supe qué decir.
―Un escritor sin saber qué decir. ¡Vaya, vaya!... En
fin. Comencemos por donde se debe: por las víctimas. ¿Cómo dices que se llamará
tu novela? Voy a prender un cigarro ¿Te molesta?
―No, para nada. El título será: “Venas secas”.
― ¿Así de simple? ¿No quedaría mejor algo así como “Las
venas abiertas de una víctima”?
―Ya hay un libro con un título parecido.
―Como sea. Venas secas será; ese no es mi problema.
Adelante, pregunta lo que quieras. ¿Quieres un cigarro?
―No, gracias. ¿Cómo elige a sus víctimas?
―Deben reunir ciertas características y así suman
puntos. Aquellos que alcancen cien, ganan. Por ejemplo: si apestan a sudor,
suman ochenta. No soporto las personas malolientes.
― ¿De ambos sexos?
― ¡No, hombre! ¡Cómo dices eso! Sólo varones. Si uno
se mete con las mujeres hoy en día lo tildan de misógino y de mala persona;
cosa que no soy.
―No, por supuesto.
― ¿Te estás burlando de mí?
―Para nada.
― ¿Eso fue sarcasmo?
―Ni un poco.
―No te burles de mí, cabrón. Tú sumaste cincuenta
desde que entraste a este cuarto, así que no…
―Le juro, señor, que no es mi intención faltarle al
respeto ni ocasionar problemas.
―Más te vale. Te darás cuenta de que soy un tipo
respetuoso; no fumo frente a los no fumadores, pero hay individuos que
simplemente no tolero, ni la sociedad los tolera, y yo… bueno, los saco del
camino.
―Entiendo. ¿Podría platicarme más sobre la suma de
puntos?
―Claro. Si hablan mucho frente a mí, pero lo que se
dice mucho y sobre estupideces, suman treinta; si comen con la boca abierta,
suman veinte; y si hablan mientras comen, como es obvio, suman cien.
― ¿Obvio? La suma no es correcta.
― ¿Y qué? Si me limitara a las matemáticas no podría
asesinar a quien yo quisiera. Además hablar mientras se come es asqueroso.
―Entiendo, entiendo. Bueno. Pasemos a los métodos
que utiliza para sus crímenes.
― ¡Cómo que “crímenes”! ¿No dejé claro que lo que
hago es un servicio comunitario?
―Tiene razón. Perdón.
―No pidas perdón. Los puntos no se revierten.
― ¿Cómo dice?
―Llevas cincuenta y cinco.
― ¡Cincuenta y cinco! ¿Pero por qué?
―Apunta. Veinte por dirigirme la palabra, diez por
mirarme a los ojos, veinte por interrogarme…
― ¡Pero si usted accedió!
― ¿Y qué? Ya te dije que…
― ¡Señor, esto no puede ser!
―Por cada interrupción que haces sumas cinco,
porque…
― ¡Deténgase, ya no lo haré!
―Y ya son setenta. A ver, interrúmpeme otra vez… Ánimo.
― …
―Así es mejor ¿no? Ya puedes hablar.
― …
―Di algo. Si no hablas mientras te hablo, sumas
veinte puntos.
―Ya, ya hablaré.
―Siguiente pregunta.
―Quería saber sobre los métodos de sus… servicios.
―Incluso se escucha bonito decir “servicios”
¿verdad? Pero la moral, y la ética y esto y lo otro hacen que yo quede como
criminal. ¿Viste mis víctimas en el periódico?
―Sí. Por ese medio lo conocí. En esas cosas no hay
más que sangre y signos de admiración.
―Me aburres, hombre. Mejor pregunta, vamos.
―No me ha dicho nada sobre sus métodos.
―Ah, mira qué cosa. Disculpa mi mala educación. A
veces me distraigo demasiado. Como sabes las mentes creativas son propensas a
salirse del cráneo, y bueno. Oye, se me pasaba: sumaste diez puntos al no
aceptarme el cigarro.
― ¡Diez más!
― ¡Es broma, hombre! ¿No conoces las bromas? Son
grandiosas. ¿En qué estábamos?
―En los métodos.
―Ah, tantas ganas tienes de conocerlos. Te cuento
sobre mi favorito. Pero antes déjame preguntarte algo. ¿Sabes por qué no me han
arrestado?
―No, aunque tenía pensado preguntarlo.
―A la policía no le importa la gente. Los tengo
comprados, pero sólo como pretexto, pues bien podrían arrestarme si así lo
quisieran. El amigo que nos presentó es policía; y, bueno, tú ya sabes que en
estos días los asesinos pululan en las calles y se contactan rápido.
―Sí, por supuesto; pero me gustaría saber sobre los
métodos.
―Quince puntos más por insistente, joven.
―Es una broma ¿verdad?
―Quince más por no creerme.
―Señor, me parece necesario terminar esta entrevista.
Me dio gusto conocerlo pero creo que debo irme.
―Se equivoca. Aquél que conoce mi profesión suma cincuenta
puntos. ¿Cuántos llevas?
―Hasta luego, señor.
―Veinte más por no contestar. Usted no irá a ningún
lado, señor escritor. ¿Quería conocer mis métodos? ¡Concedido!