El poeta sale
de su casa con libreta y bolígrafo en mano. Echa una mirada a su alrededor y
respira profundamente mientras observa su entorno: un pez revuelve el agua del
pequeño estanque que descansa al frente. El poeta lo describe en su libreta, y
al momento, el pez muere.
Sorprendido, el poeta mira hacia otro lado
y su mirada cruza con la de una ardilla que descansa en un árbol. El poeta comienza
a escribir lo que pasa: escribe que la ardilla se le acerca, olfateándolo y
levantando la cola. De pronto, la ardilla cae del árbol y golpea el suelo, ya
muerta.
El poeta lo escribe: escribe que la
ardilla cayó del árbol, del viejo árbol que lleva ahí plantado más de diez
años. El árbol se seca, se parte en tres y colapsa, totalmente muerto.
El poeta no entiende.
Avanza dos pasos y mira la sombra de las
nubes. Alza la mirada y las escribe. Al instante comienza a llover agua muerta.
El poeta escribe el agua muerta, escribe que el agua esto y que la muerte
aquello, “…y la muerte…”, escribe, y la muerte se muere.
El poeta sigue sin entender.
El poeta escucha que alguien abre la
puerta de su casa. “La puer…” escribe. Es su esposa quien sale.
El poeta tira su libreta al suelo, y se acerca a
besar a su mujer.