Ojos: parte
del rostro que causa placer al ver o al ser vistos. La segunda más que la
primera, pues espejo frente espejo, es infinito cristalizado. Y, considerando
que los ojos ven a los ojos, el placer se consuma al tiempo que se consume:
el ciclo del
agua
fuentes-miradas
comunicantes;
decantación mutua del ser.
He visto muchos ojos a corta distancia, mas
no me he sentido tan cerca de unos como de aquellos que me observan con el
mismo interés; casi decir con la misma mirada. Aunque eso es imposible, pues se
sabe que en la mirada confluyen diversos aspectos de nuestro ser; y dos
personas no pueden ser lo mismo. Sin embargo, pueden hacerse uno al mirarse;
petrificarse en el viento, coagularse debajo de la cascada de La Nada y
disolverse poco a poco hasta dejar de ser ellos y solamente ser su imagen diluida
en la pupila del espejo que los mira.
Desde afuera, sólo son dos personas
mirándose, sentadas, quizá, en una plaza hecha de mil piedras que yacen frías,
donde gatos, perros y niños corren y ríen; donde un nevero ocasiona besos
fríos; un billete hace las paces entre dos conocidos; un par de músicos cantan al
amor; la luna domina la noche mientras debajo llueven pasos anónimos y todo es
un impetuoso raudal de manifestaciones de vida… pero desde adentro, desde
aquellos que se miran, sólo son ellos y nada más. Son ese encuentro que se da entre
dos espejos juntos, casi adheridos por su lado reflejante; esa rendija que abre
paso al infinito de la intimidad que sólo es posible observar desde el interior.
En cambio, mirar a una persona con los
ojos de un reo cuya prisión se encuentra en la orilla de un acantilado, es mirar el mundo sin poder tocarlo y saber que éste apenas le regresa la
mirada con ligera compasión, porque sabe que: uno: no puede liberarlo, ya que él
mismo se ha enclaustrado; o dos: no sabe que es un preso.