miércoles, 19 de diciembre de 2012

En un pozo en el mar.

-Oye Nacho, ¿qué pasó con mi hermano?
-¿Cuál?
-Jorge.
-Ah, se lo tragó un pedazo de papel.
-¿Y dónde está?
-El viento se lo llevó al mar, al pozo donde se mete el sol.
-¡Vamos a traerlo!
-No, cálmate. Ahorita ha de estar bien mojado y quemado.
-No, él está acostumbrado al calor; tiene una mujer que quema mucho. Además todavía no se mete el sol. Ándale, vamos por él.
-Bueno, vamos.
 Y fueron. Un rato después, llegaron.

-Ándale, Nacho, métete y saca a Jorge.
-No, yo no, Ana. Métete tú. Tú querías venir.
-Bueno, voy -y sin decir ni hacer más, pegó un brinco al pozo del mar.
-¡Ya lo encontré!
-Pues sácalo... y apúrate que ahí viene el sol.
-No, espérate. Hay más papeles. ¿Cómo se cuál es Jorge?
-Trae todos.
-¿Y ahora cómo me salgo?
-Hazte a un lado del pozo y nada hacia arriba.

Regresando a su casa extendieron los papeles en una mesa de madera para que se secaran un poco, y después, con una navaja de sacapuntas, hicieron una abertura en uno de ellos, de la que salió la trompa de un elefante como saboreando el aire. La metieron al instante y con un lápiz dibujaron unos puntos a modo de costura en la abertura para que no volviera a salir. Así repitieron con los demás papeles. De éstos salían toda clase de historias. Hasta que al fin abrieron un pedazo de papel del que salía una mano arrugada por el agua. Era la mano de Jorge; salió como salen los bebes cuando nacen, sólo que no salió por completo. Arrebató el lápiz de la mano de Nacho y escribió: “La vida es más dichosa viviendo entre historias y papel”, y se fue.